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Diferencia entre precio publicado y valor de mercado

El valor emocional, el precio publicado y el valor de mercado no son lo mismo. Conoce cómo el precio puede afectar la venta y el financiamiento.

Aracely Cretier

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Maqueta de una casa junto a una lupa, planos y elementos de evaluación

Una casa puede contener veinte años de recuerdos. Puede ser el lugar donde crecieron los hijos, donde se celebraron cumpleaños, donde murió alguien querido o donde una familia construyó una parte importante de su historia.

Todo eso tiene valor. Pero no necesariamente tiene precio.

Cuando llega el momento de vender una propiedad, una de las conversaciones más difíciles consiste precisamente en separar esas dos dimensiones: lo que el inmueble representa emocionalmente para su propietario y lo que un comprador está dispuesto a pagar por él en las condiciones actuales del mercado.

Son cosas distintas. Y cuando esa diferencia no se comprende a tiempo, una propiedad puede comenzar su proceso de venta con una expectativa equivocada que después resulta muy difícil corregir.

“La propiedad de mi vecino está publicada en…”

Es probablemente una de las frases que más escuchamos quienes trabajamos en corretaje. El propietario entra a un portal inmobiliario, busca departamentos o casas similares en el sector y encuentra una propiedad publicada en determinada cifra. A partir de ahí parece razonable concluir que la suya debería valer lo mismo o incluso más.

El problema es que un precio publicado no demuestra que exista un comprador dispuesto a pagarlo. Los portales muestran expectativas de vendedores. El mercado se confirma cuando las operaciones efectivamente se concretan.

Una propiedad puede aparecer publicada durante seis meses, un año o incluso más con un precio que nunca logró encontrar comprador. Utilizar ese aviso como único referente puede llevar a otros propietarios a repetir exactamente el mismo error.

Por eso los comparables sirven, pero hay que interpretarlos. No basta con encontrar propiedades que tengan el mismo número de dormitorios o una superficie parecida. Importan la ubicación específica, orientación, piso, estado de conservación, antigüedad, distribución, estacionamientos, bodega, gastos comunes, vista, equipamiento, condiciones del edificio y muchas otras variables que pueden cambiar significativamente la percepción de valor. Dos departamentos del mismo edificio incluso pueden terminar teniendo valores distintos.

El valor emocional aparece sin que nos demos cuenta

Cuando una persona ha vivido muchos años en una propiedad, resulta muy difícil observarla como lo hará un desconocido. El propietario recuerda cuánto le costó la cocina nueva, los años que dedicó al jardín, las celebraciones en la terraza o todo lo que tuvo que trabajar para pagarla.

El comprador no tiene esos recuerdos. Entra por primera vez. Mira la distribución, la luminosidad, el estado de la propiedad, el barrio, las alternativas disponibles y el precio.

Puede apreciar una remodelación, una piscina bien mantenida o un jardín maravilloso, pero no puede pagar por la historia emocional que existe detrás de ellos. Y eso no vuelve menos importante esa historia. Simplemente significa que el mercado evalúa otras cosas.

Aquí es donde el trabajo del corredor puede resultar incómodo, pero también especialmente valioso. A veces nuestro trabajo no consiste en decir lo que el propietario quiere escuchar, sino en entregar información suficiente para que pueda tomar una decisión con expectativas realistas.

Partir demasiado arriba puede parecer una estrategia inocente

A veces escuchamos: “Publiquemos más alto y después vemos”. En teoría parece no tener costo. Si alguien paga el precio, fantástico; si no, siempre se puede bajar más adelante. En la práctica, no siempre funciona de esa manera.

Las primeras semanas de publicación suelen concentrar una parte importante del interés. Los compradores que están buscando activamente en esa zona ven aparecer una propiedad nueva y la comparan inmediatamente con otras alternativas. Si el precio está claramente fuera de mercado, muchos ni siquiera coordinan una visita.

Pasa el tiempo. Después viene una primera rebaja. Luego otra. La propiedad continúa apareciendo en los portales y comienza a surgir una pregunta inevitable entre los compradores: ¿por qué todavía no se vende? Una propiedad que inicialmente pudo haber generado interés empieza a adquirir una percepción de desgaste comercial.

Ahí aparece una paradoja bastante frecuente: intentar conseguir mucho más al comienzo puede terminar debilitando la posición negociadora del propietario meses después.

El mercado también puede poner un límite durante el financiamiento

Hay otro momento en que la diferencia entre expectativa y realidad puede hacerse evidente: cuando el comprador necesita financiamiento hipotecario. Que vendedor y comprador acuerden un precio no significa que una institución financiera necesariamente llegue a la misma valoración del inmueble.

El banco realiza su propia tasación. Y puede ocurrir que esa tasación resulte inferior al precio pactado. Dependiendo de las condiciones del financiamiento del comprador, esa diferencia puede significar que tendrá que aportar más recursos propios de los que había considerado. Y quizás no los tenga.

Entonces una operación que parecía prácticamente cerrada puede complicarse o incluso no concretarse. La tasación bancaria tampoco constituye por sí sola “la verdad absoluta” sobre el valor de una propiedad. Pero cuando existe una diferencia considerable entre el precio acordado y esa valoración, la operación puede enfrentarse a un problema real de financiamiento.

Una oferta alta tampoco garantiza una buena venta

Supongamos que llegan dos ofertas. Un comprador ofrece más dinero, pero necesita un financiamiento muy alto y todavía tiene varias etapas bancarias pendientes. Otro ofrece un poco menos, dispone de mayor pie y tiene una estructura financiera más avanzada. ¿Cuál es la mejor oferta? No necesariamente la más alta.

El precio importa muchísimo, por supuesto. Pero una venta también tiene condiciones, financiamiento, plazos y probabilidades reales de concretarse. Por eso, evaluar una oferta únicamente mirando la cifra final puede ser tan arriesgado como fijar el precio de publicación mirando únicamente lo que pide el vecino.

Poner un precio correcto no significa regalar una propiedad

Cuando recomendamos ajustar una expectativa, el propietario puede sentir que está perdiendo dinero. Pero una estrategia de precio no debería consistir en vender barato. Debería buscar el punto en que el inmueble sea competitivo sin renunciar innecesariamente a su valor.

Una propiedad correctamente posicionada puede generar más interés, más visitas y eventualmente más capacidad de negociación que una propiedad cuyo precio inicial alejó a los compradores que realmente podían adquirirla.

Lo importante es tener argumentos. ¿Por qué estamos recomendando determinada cifra? ¿Qué propiedades compiten hoy con esta? ¿Qué atributos justifican estar por encima? ¿Qué elementos podrían llevar al comprador a descontar valor? ¿Qué ha ocurrido con propiedades comparables? ¿Qué escenario de financiamiento podría enfrentar un eventual comprador? Cuando esas preguntas tienen respuesta, el precio deja de ser una opinión. Empieza a convertirse en estrategia.

Hay propiedades que merecen un valor superior

Por supuesto que no todo consiste en mirar un promedio. Una propiedad puede justificar un precio mayor por razones concretas: una remodelación realmente superior, una orientación excepcional, una vista difícil de replicar, un terreno particularmente atractivo, una distribución escasa en ese sector o características que la diferencien claramente de otras opciones.

Ahí también está el trabajo del corredor: detectar aquello que el mercado sí puede reconocer y comunicarlo correctamente. Lo importante es distinguir entre una característica que agrega valor para el comprador y algo que simplemente tiene muchísimo valor para quien vende.

El mejor precio es el que el mercado puede sostener

Para mí, una de las responsabilidades más importantes en una venta es hablar del precio antes de comenzar a comercializar. No después de tres meses. No cuando ya hubo veinte visitas sin ninguna oferta. No cuando el propietario empieza a preguntarse por qué nadie llama. Antes.

El propietario siempre tendrá la decisión final. Es su patrimonio. Pero precisamente porque es su patrimonio, merece algo más que una respuesta complaciente. Decirle a alguien que su propiedad vale exactamente lo que quiere escuchar puede ser una manera muy fácil de conseguir una captación. También puede ser una muy mala manera de comenzar una venta.

Después de años trabajando con propiedades, hay algo que aparece una y otra vez: el precio no se define solamente desde quien vende. Se encuentra en el encuentro entre una propiedad concreta, un momento del mercado y una persona dispuesta a pagar por ella.

En Cretier Pro creemos que hablar de precio correctamente no significa quitarle valor a una propiedad. Significa darle una posibilidad real de encontrar comprador sin deteriorar innecesariamente su posición en el mercado. Porque finalmente una propiedad no se vende por el precio que aparece en un aviso. Se vende cuando alguien está dispuesto y en condiciones reales de pagar por ella.

El mejor precio es el que el mercado puede sostener.

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