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¿Por qué trabajar con un corredor de propiedades?

Publicar es solo una parte. Una buena gestión también requiere estrategia, tiempo, inversión, visitas, seguimiento y negociación.

Aracely Cretier

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Vista aérea de Santiago de Chile

Hay una pregunta que entiendo perfectamente cuando alguien decide vender o arrendar una propiedad: ¿por qué pagar una comisión si hoy cualquier persona puede publicar un aviso por internet?

La pregunta es legítima.

Nunca intentaría convencer a un propietario de que es incapaz de vender por su cuenta. Puede hacerlo. Existen portales inmobiliarios, redes sociales, fotografías tomadas con un teléfono y herramientas que hace algunos años simplemente no estaban disponibles.

Pero publicar una propiedad y trabajar una propiedad son cosas distintas.

Publicar puede tomar algunos minutos.

Trabajar bien una propiedad puede tomar semanas o meses.

La diferencia está en todo lo que ocurre entre una cosa y la otra.

Durante casi quince años vinculada al corretaje he visto operaciones muy diferentes entre sí. Algunas avanzan rápidamente porque el precio, la propiedad y el comprador se encuentran en el momento preciso. Otras requieren más tiempo, distintas conversaciones y ajustes de estrategia. Antes de eso trabajé once años en banca, varios de ellos vinculada al mundo hipotecario, donde aprendí a mirar las operaciones no solamente desde el entusiasmo de quien compra o vende, sino también desde su estructura financiera.

Esa experiencia me dejó una convicción que todavía mantengo: el verdadero trabajo inmobiliario casi nunca es lo más visible.

Cuando una operación fluye, buena parte del trabajo que la hizo posible puede pasar inadvertido.

El aviso es solamente el punto de partida

Una fotografía bonita y una descripción bien escrita importan. Una propiedad mal presentada puede perder oportunidades incluso antes de que alguien decida visitarla.

Pero ningún aviso, por atractivo que sea, reemplaza una estrategia.

Antes de publicar hay que comprender qué propiedad tenemos delante, a quién puede interesarle, cómo se posiciona frente a otras alternativas disponibles y qué precio puede sostener razonablemente en el mercado.

El propietario conoce su casa de una manera que ningún corredor podrá conocer. Sabe lo que significó comprarla, lo que invirtió en ella, los años que vivió allí y las razones por las que determinados espacios tienen valor para su familia.

El comprador la mira desde otro lugar. Compara. Observa superficie, ubicación, estado, orientación, gastos, distribución y posibilidades. Después contrasta todo aquello con otras propiedades que también puede comprar.

Parte de nuestro trabajo consiste precisamente en ayudar a que esas dos miradas puedan encontrarse.

No se trata de quitarle valor a la propiedad ni de prometer un precio solamente para conseguir una captación. Se trata de construir una estrategia que permita salir al mercado con argumentos.

Porque publicar caro no necesariamente significa vender caro, del mismo modo que publicar barato tampoco garantiza una operación mejor.

El precio necesita tener una razón. Y esa razón tiene que poder sostenerse cuando comienzan las visitas y aparecen las primeras ofertas.

Una buena gestión también requiere inversión

Hay una parte del corretaje que el propietario muchas veces no ve porque ocurre detrás de la publicación.

La publicidad cuesta dinero. Los portales tienen costos. Las campañas digitales tienen costos. La fotografía, la producción de contenidos y determinadas herramientas comerciales también pueden tenerlos.

Cuando una corredora decide invertir en la difusión de una propiedad, está utilizando recursos propios con un objetivo concreto: aumentar la probabilidad de que esa propiedad llegue a las personas adecuadas.

Eso no significa simplemente mostrarla a más gente. Mostrar una propiedad a miles de personas que jamás podrían o querrían comprarla tiene poco valor.

Lo importante es conseguir que sea vista por quienes tienen una posibilidad razonable de interesarse en ella.

En Cretier Pro utilizamos distintos canales según la propiedad y el tipo de operación. Hay ocasiones en que los portales tendrán un papel importante; en otras, la difusión digital, las redes o una gestión más directa pueden complementar esa exposición.

No todas las propiedades necesitan exactamente lo mismo. Y esa es precisamente la razón por la que creo más en la estrategia que en las fórmulas.

Las visitas también son trabajo

Desde afuera, una visita puede parecer bastante sencilla. Alguien llama, se coordina una hora, el corredor abre la puerta y el interesado recorre la propiedad.

En la práctica, la visita es solo una pequeña parte de un proceso bastante más amplio.

Antes hubo consultas que responder y personas con las que conversar. Hubo que coordinar horarios con propietarios, arrendatarios o compradores. Después habrá preguntas adicionales, seguimiento y, en algunos casos, una segunda o tercera visita.

No todas las personas que consultan una propiedad terminarán visitándola. No todas las personas que la visiten presentarán una oferta. Y no todas las ofertas terminarán convirtiéndose en una compraventa.

Ese trabajo intermedio consume tiempo. También requiere disponibilidad.

Una persona que vende su propia casa puede recibir un llamado mientras está trabajando, acompañando a sus hijos, viajando o resolviendo cualquier otra cosa de su vida. El potencial comprador, sin embargo, quizás pueda visitar solamente ese día.

Cuando se contrata una gestión inmobiliaria, parte de lo que se delega es precisamente ese tiempo. El propietario no necesita responder cada consulta, organizar cada visita ni mantenerse pendiente de cada conversación.

Eso no significa perder el control de la operación. Significa que otra persona se hace responsable de conducir esa parte del proceso y mantenerlo informado de aquello que realmente necesita conocer.

Y para mí hay una diferencia importante entre acompañar una visita y simplemente abrir una puerta. Una propiedad debe poder recorrerse con tranquilidad. Hay que conocerla, responder lo que se sabe y reconocer con la misma naturalidad aquello que necesita confirmarse.

También conviene observar qué genera interés, qué dudas se repiten y qué percepción están teniendo quienes la conocen. Una visita profesional empieza antes de que llegue el comprador y continúa después de que se va. Abrir la puerta es probablemente la parte más corta de todo ese trabajo.

El seguimiento es donde muchas oportunidades se pierden

No todas las decisiones inmobiliarias son inmediatas. Una persona puede visitar una propiedad, irse interesada y necesitar algunos días para pensar. Tal vez quiere conversar con su familia, revisar financiamiento o comparar con otra alternativa que visitará esa misma semana.

El trabajo no termina cuando esa persona sale por la puerta. Hay que hacer seguimiento sin perseguirla, responder las dudas que aparezcan y entender si existe interés real o si simplemente la propiedad no era para ella.

Ese proceso también entrega información al propietario. Si diferentes compradores repiten la misma observación, conviene escucharla. Puede ser algo relacionado con el precio, con una característica de la propiedad o simplemente con la manera en que el mercado está reaccionando en ese momento.

No significa cambiar la estrategia cada vez que alguien hace un comentario. Significa aprender del mercado mientras la propiedad está publicada. Una buena gestión comercial no debería ser estática: se observa, se interpreta y, cuando corresponde, se ajusta.

Negociar no consiste solamente en conseguir que alguien suba la oferta

Cuando finalmente aparece un comprador interesado, comienza una etapa que me parece especialmente importante. Una oferta no es solamente una cifra: tiene condiciones, tiempos, formas de financiamiento y necesidades particulares.

Desde mis años en banca aprendí a mirar con bastante atención esa estructura. Un comprador puede estar dispuesto a pagar el precio solicitado y todavía necesitar un crédito hipotecario. Otro puede ofrecer algo menos, pero tener una operación mucho más avanzada. Alguien puede necesitar una fecha de entrega distinta o depender de la venta de otra propiedad.

Nada de eso convierte una oferta en buena o mala automáticamente. Hay que entenderla.

El trabajo de un corredor no debería consistir en trasladar mensajes entre comprador y vendedor como si fuera un intermediario telefónico. Tiene que ayudar a interpretar la operación: qué está proponiendo realmente la otra parte, si existe espacio para acercar posiciones, qué condiciones tienen valor para el propietario y qué tan coherente es la oferta con el comportamiento que ha tenido la propiedad en el mercado.

A veces la mejor decisión será aceptar. Otras veces tendrá sentido contraofertar. Y también habrá ocasiones en que simplemente no exista un punto de encuentro. No creo que una buena negociación consista en demostrar quién cedió menos; consiste en saber si existe una operación que vale la pena construir.

Cuando hay financiamiento, todavía queda camino por recorrer

Muchísimas compraventas dependen de crédito hipotecario. Para mí eso nunca ha sido una complicación extraordinaria: es una forma normal de comprar una propiedad. Pero sí implica etapas.

Una persona puede estar preaprobada y posteriormente necesitar la tasación de la propiedad, el estudio de títulos y las demás revisiones propias de la institución que financiará.

Comprender esos procesos permite acompañar mejor al comprador y, al mismo tiempo, mantener informado al vendedor. Aquí mi experiencia bancaria sigue siendo especialmente útil. No porque un corredor deba reemplazar al banco, al abogado o a otros profesionales que intervienen en una operación; cada uno tiene su función.

Pero conocer cómo funciona el proceso ayuda a hablar el mismo idioma, entender en qué etapa se encuentra una operación y explicar con claridad qué viene después. Muchas veces esa claridad es precisamente lo que permite que una compraventa se sienta mucho más sencilla para quienes participan en ella.

Hay propietarios que han tenido malas experiencias con corredores

También creo que esto hay que decirlo. Si alguien siente que pagó una comisión para que una persona sacara algunas fotografías, publicara un aviso y apareciera nuevamente cuando había que firmar, entiendo perfectamente que se pregunte para qué necesitaba un corredor.

No tiene sentido negar esas experiencias. Como en cualquier actividad, existen formas muy distintas de trabajar. Por eso no creo que la pregunta correcta sea si los corredores de propiedades valen la pena. La pregunta es qué trabajo está realizando la persona a la que decidimos confiar una propiedad.

¿Conoce lo que está vendiendo? ¿Tiene una estrategia? ¿Invierte tiempo en la gestión? ¿Responde? ¿Hace seguimiento? ¿Puede explicar qué está ocurriendo? ¿Está presente cuando la operación necesita decisiones? Y, quizás más importante todavía, ¿sentimos que está trabajando para que la operación tenga sentido o simplemente esperando que alguien aparezca?

La comisión debería corresponder a un servicio, no a la existencia de un aviso.

También hay un valor importante en delegar

Una venta inmobiliaria puede convivir durante meses con la vida normal de una persona. Mientras la propiedad está publicada, el propietario continúa trabajando, cuidando a su familia, administrando otros asuntos y tomando decisiones que no tienen ninguna relación con la venta.

Delegar parte de ese proceso también tiene valor. Hay propietarios que disfrutan negociando y tienen tiempo para recibir visitas. Otros prefieren que alguien se encargue. Ninguna decisión es más correcta que la otra.

Lo importante es comprender qué se está delegando: no solamente una publicación, sino tiempo, exposición, coordinación, seguimiento y buena parte de la gestión comercial. Cuando ese trabajo está bien hecho, el propietario sigue tomando las decisiones importantes, pero no necesita participar en cada movimiento que ocurre alrededor de ellas.

Para mí, ahí está una de las mejores definiciones de acompañamiento: no sustituir al propietario, sino permitirle decidir sin obligarlo a realizar todo el trabajo operativo que lleva hasta esa decisión.

Un corredor tampoco debería prometer aquello que no controla

Hay algo que he aprendido con los años: en el mercado inmobiliario siempre habrá variables que ninguna corredora puede controlar. No podemos obligar al mercado a pagar un precio. No podemos garantizar cuántas personas se enamorarán de una propiedad ni prometer exactamente cuánto demorará una venta.

Podemos trabajar. Podemos preparar, invertir, difundir, responder, mostrar, hacer seguimiento, negociar y acompañar. Y podemos hacerlo con método.

Para mí esa diferencia es fundamental. Prefiero explicar bien qué podemos hacer antes que construir expectativas alrededor de promesas que nadie puede asegurar. La confianza no debería comenzar diciendo que todo será fácil; debería comenzar sabiendo que, cualquiera sea el tiempo que tome la operación, habrá alguien haciéndose responsable de su parte del trabajo.

Entonces, ¿por qué trabajar con un corredor?

No porque sea imposible vender una propiedad sin uno. Se puede.

La decisión tiene que ver con otra cosa: con cuánto vale nuestro tiempo, qué experiencia queremos tener durante la operación y qué nivel de gestión esperamos detrás de la propiedad que estamos poniendo en el mercado.

Después de casi quince años dedicada al corretaje y once años de experiencia bancaria, sigo creyendo que este trabajo tiene mucho valor cuando se hace bien.

No porque un corredor tenga una llave que los propietarios no tienen, ni porque conozca un portal secreto donde nadie más pueda publicar. Tiene valor porque alguien se responsabiliza de la estrategia, utiliza su tiempo, invierte recursos, conversa con los interesados, coordina las visitas, hace seguimiento, acompaña la negociación y permanece presente hasta que aquello que comenzó como un aviso consigue transformarse en una operación real.

Eso es lo que yo entiendo por corretaje. Y también es la manera en que quiero trabajar en Cretier Pro.

Publicar una propiedad puede tomar minutos. Trabajarla bien puede tomar semanas o meses. La diferencia está en todo lo que ocurre entre una cosa y la otra.

Aracely Cretier

Publicar una propiedad puede tomar minutos. Trabajarla bien puede tomar semanas o meses. La diferencia está en todo lo que ocurre entre una cosa y la otra.

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